¿Frutos engrapados?

UNA SANTIFICACIÓN MAQUILLADA.

La mayor parte de vida como cristiana, pasé buscando y anhelando la santidad por mis propios medios. Debemos recordar que somos pecadores, que estamos siendo transformados conforme a la imagen de Cristo, mientras estamos en las manos del Salvador y Redentor.

Pasé varios años inmersa en un pecado que me resultaba inútil abandonar. Recuerdo que una de mis quejas al Señor era: “Si tanto quieres que viva en santidad ¿por qué no puedo dejar de hacer este pecado?, ¿por qué no me ayudas o simplemente ordenas que ya no peque?”.

Ya había intentado por “todos los medios posibles”, luchaba con el pecado, me dolía el pecado; lo que no lograba ver, es que me dolía más mi incapacidad para santificarme, sin la ayuda de Cristo. No me daba cuenta que mi corazón se había convertido en el de un fariseo, queriendo ser santa por mis propios medios y para mi propia gloria, sin confiar en la obra de Cristo en la cruz, para darle la gloria a Él.

Aunque había una gran lucha interna, mi “gran esfuerzo” y orgullo, provocaba desesperación por los resultados, pero no preocupación por los medios, ni gratitud por el proceso de santificación. La incapacidad que tenía, era un gran ataque a mi ego.

Entonces empecé a llenarme de libros, prédicas y consejerías, pues quería aprender cómo debería de ser la “nueva criatura”, como luce una mujer bíblica, como luce la santidad y como llegar hasta ahí. Pero me parecía tan absurdo que, después de entender como era una persona santa, básicamente no podía hacer toda la obra para ser santa, claro, debía luchar con el pecado, pero más allá de eso, debía depositar mi esperanza, confianza y fe en la obra de Cristo y en los méritos de Él. Un ataque más a mi ego…

Así que, como quería acelerar mi transformación y hacer crecer por mí misma los frutos que aún no había brotado del Espíritu, tome una “engrapadora” (mi orgullo y autosuficiencia) y comencé a engraparme frutos. No hay nada peor que la apariencia espiritual…

*Paul Tripp, es quien llama a las obras cosméticas y superficiales, que logramos por nosotros mismos y no por el Espíritu Santo: “Frutos engrapados”.

Aparentemente me santificado a mí misma, era una mujer nueva y espiritual, mas no sabía que me había convertido en un sepulcro blanqueado (Mt. 23:27) por fuera tenía frutos, o al menos eso creía, pero por dentro había inmundicia e hipocresía.

Mateo 23:27-28 : “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros, por fuera parecéis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad.”

¡Auch!…

El detalle es, que no nos damos cuenta que tenemos frutos engrapados, porque los disfrazamos muuuy bien, incluso, ante nuestros ojos pasan desapercibidos. Sin embargo, Dios en su gracia, nos pondrá en diferentes situaciones dolorosas y con personas difíciles, para que seamos probados, no sólo si somos auténticos cristianos, pues, si creemos que ya lo somos, veremos si son auténticos nuestros frutos.

Lo único que podemos aportar a nuestra salvación, son nuestros pecados. Sin embargo, la santidad no es una obra pasiva. No nos sentamos a esperar que Dios nos transforme, debemos entender que esto es una guerra diaria, entre la carne y el espíritu. ¿Alimentas más el espíritu que la carne?…

“Queremos saber cómo ser santificados en tres pasos fáciles, pero no existen tales pasos. La santificación es un proceso que dura toda la vida y que involucra una enorme cantidad de trabajo intensivo.” – R.C Sproul.

¿Cómo saber si tengo frutos engrapados?

Los frutos engrapados provienen de nosotros mismos, son intermitentes o circunstanciales, y los frutos genuinos que nacen el Espíritu, son duraderos o permanentes y no circunstanciales.

Debemos entender que el problema no está fuera de nosotros.

Santiago 4:1: “¿De dónde vienen las guerras y las peleas entre ustedes? Pues de los malos deseos que siempre están luchando en su interior”.

Frecuentemente decimos, “el/ella me hizo enojar mucho”, como si dijéramos, esta persona es culpable porque “me hace” reaccionar mal ante las situaciones. Pero eso no es así, mas bien, reaccionamos mal, porque solo estamos exteriorizando lo que siempre hemos tenido en nuestro pecaminoso corazón. No culpemos a las personas, las palabras o las circunstancias que nos hirieron, nos “hicieron” enojarnos, entristecernos o responder mal. Esto, sólo ha sido el medio de gracia que Dios ha utilizado, para revelarnos lo que hay realmente en nuestro corazón, ya que, ni nosotros mismos sabemos que hay dentro de él. Por ello, disfrazamos nuestros pecados ocultos de espirituales. Mi anhelo ferviente y aparentemente noble y “espiritual” de dar frutos, en realidad era un disfraz de la vanagloria quería obtener.

Pero podemos confiar en Aquel que no deja nada oculto.

Hebreos 12:13: “Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.”

Probablemente las “nuevas” actitudes y/o “nuevos” comportamientos que creemos tener, no son genuinos; porque la raíz del pecado que está en nuestro corazón, sólo ha sido maquillada, pero sigue intacta… y debe ser removida.

La presión que me ponía a mí misma, para dar frutos rápidamente, era mi corazón enorgullecido del “cambio cosmético” que había tenido, o estaba teniendo. Si estás pasando por lo mismo, debes detenerte, y examinar tus motivaciones, incluso, si se trata de cosas espirituales, como el fruto de la santidad. Si tus motivaciones no son correctas, estarás posicionándote en un lugar donde puedes ser alabado por tu apariencia exterior, y esto, tristemente funciona como un estímulo para nosotros. Yo, hacía un sinfín de cosas para mutar mi comportamiento y de esta manera, poder tener “el valor moral y espiritual” para acusar a otros por sus malos comportamientos, falta de frutos, lento crecimiento o poca madurez espiritual, cuando en realidad, de lo que no me daba cuenta, es que mi corazón estaba lleno de frutos engrapados y, que la santificación progresiva, tanto en mí como en los demás, viene del Señor y de nuestra lucha con el pecado.

Nuestra aparente molestia, intolerancia e impaciencia ante la falta de cambios de mi prójimo, sólo revela que nos estamos sobrevalorando. ¿Y saben que es lo gracioso? Que el valor agregado espiritual que nos hemos puesto, es por frutos ¡QUE NO TENEMOS AÚN!

-Tim Keller dijo en su estudio “Dioses que fallan”:

“Cuando estés naufragando por un gran enojo, o por miedo por la causa que sea, o por cualquier clase de preocupación, cava profundamente en ti y descubre cual es el deseo que atenaza tu corazón, el ídolo. Y dile esto: Tú ni me has hacho ni me puedes destruir, ni tampoco me puedes librar porque no has muerto por mí. ¡Cristo si lo hizo, y quiere y puede librarme! Así que no necesito tenerte. ¡El Señor es quien me dará lo que verdaderamente necesito!”

Mientras cavaba dentro de mi corazón, me di cuenta de algo aún peor mientras estudiaba Ezequiel 14. Sí, algo peor…

“Estos hombres se han entregado por completo al culto de sus ídolos y han puesto sus ojos en lo que les hace pecar. ¿Y acaso voy a permitir que me consulten? Habla con ellos y diles: “Esto dice el Señor: Todo israelita que se entregue al culto de los ídolos y ponga sus ojos en lo que les hace pecar, y que venga luego a consultar al profeta, tendrá de mi parte la respuesta que se merece por tener tantos ídolos.”

Yo les tocaré el corazón a todos los israelitas que se apartaron de mí por causa de sus ídolos. Por eso, diles a los israelitas: “Esto dice el Señor: Vuélvanse a mí, apártense de sus ídolos y dejen todas esas cosas detestables.”  -Ezequiel 14:3-6

No sólo tenía frutos engrapados, sino que era una idólatra, constantemente estaba buscando adorar y ser controlada por algo que no fuera Dios. Y como todos queremos que los demás adoren lo que nosotros adoramos, en este caso…quería que me adoraran a mí misma. Sin darme cuenta, me había convertido a mí misma en un dios, complaciendo las cosas pecaminosas que mi corazón anhelaba, disfrazándolas de espirituales.  ¿Ven como la idolatría está encubierta de una falsa o incorrecta adoración?

“Nuestro corazón es una fábrica de ídolos”, dijo Juan Calvino. Día a día estamos buscando algo o alguien para adorar, incluso sin darnos cuenta, y pronto esto ya nos dio identidad. En países menos alcanzados con el evangelio, incluso muchos donde se desconoce de Jesús, son lo que más dioses tienen, ¿por qué? Porque Dios nos ha creado con la necesidad de adorar a un Ser supremo, a Él, pero el pecado vino a distorsionar todo y al no encontrar al Dios correcto para adorar de la forma correcta, tratamos de suplir esa necesidad adorando algo externo a Él. Cuando este ídolo me falla, se destruye o se va, hay un sentimiento de pérdida de valor e identidad, porque nuestra mirada estaba en algo fuera de Cristo.

Charles Spurgeon dijo: “Mantener mis ojos en Jesús simplemente es quitarlos de mí mismo”.

La razón por la que la trasformación no había penetrado hasta mi corazón, es porque estaba confiando en mi misma y no en la obra de Dios. Mientras buscaba agentes externos a la Palabra para santificarme, mi orgullo sólo era abonado, haciéndome creer espiritual y no era arrancado de raíz. Lo único que puede penetrar e incluso traspasar nuestro corazón y hacer florecer los frutos del Espíritu, es la Palabra de Dios, es el Evangelio.

Hebreos 4:12: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne LOS PENSAMIENTOS Y LAS INTENCIONES DEL CORAZÓN.”

Para que nazca un nuevo fruto en nosotros, algo debe morir.

El hecho que tengamos la teoría, que hayamos escuchado prédicas, leído libros, asistido a consejerías y que sepamos cómo debemos ser, no significa que toda esta información ya llegó a nuestro corazón.

No confíes en los frutos que ya crees tener, comprueba si son auténticos. Evita presionar a otros para que den los frutos que tu quieres en ellos, porque entonces sólo verás frutos engrapados. Mejor muéstrales el camino a Cristo.

Ve a Cristo, y aún, si desconoces los pecados ocultos de tu corazón, no te preocupes, Él los expondrá.

Salmos 19:12-13: “¿Quién se da cuenta de sus propios errores? ¡Perdona, Señor, mis faltas ocultas! Quítale el orgullo a tu siervo; no permitas que el orgullo me domine. Así seré un hombre sin tacha; estaré libre de gran pecado.”

 Confiemos en “El que comenzó la buena obra la perfeccionará, hasta el día de Jesucristo.” (Fil. 1:6) El pondrá el querer como el hacer (Fil. 2:13), por su buena voluntad, cuando la gloria completa vaya a ser de Él, y no intentar ser robada por nosotros.

En Juan 15:4-6, encontramos un gran tesoro.

“Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden.”

¿Quieres frutos genuinos? ¡Permanece en Cristo! Y confía en la obra de Cristo.

La santidad no es una probabilidad, es una promesa para los hijos de Dios.

Te invito a que estudies y medites detenidamente Juan 15, así mismo, te animo a que escudriñes más en la Escritura sobre este tema. Pídele al Señor que te revele cuales son los pecados ocultos en tu corazón. Nuestra necesidad más grande no es presentar una apariencia ante la gente, nuestra necesidad más grande es Cristo y cuando seamos saturados con el Evangelio, podremos darle la gloria del Señor. Oro para que estas verdades penetren en sus corazón y el Espíritu Santo les de convicción de pecado y sean transformados y renovadas sus mentes por medio de la Verdad.

Juan 17:17: “Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad.”

*La frase “Frutos engrapados”, fue creada por Paul Tripp, plasmada en su libro “Instrumentos en las Manos del Redentor”. Puedes adquirir el libro en en Amazon. Ingresa al siguiente link: https://www.amazon.com/Instrumentos-las-Manos-Redentor-Spanish-ebook/dp/B00E8M1UZ0

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