¿Frutos engrapados?

LA OBRA DE SANTIFICACIÓN ES DEL SEÑOR, NO TUYA.

Debemos entender que no importa que tan espiritual seamos o nos creamos, no somos unos profesionales en la transformación de corazones, ni siquiera podemos transformar el nuestro; somos pecadores que estamos siendo transformados conforme a la imagen de Cristo, mientras estamos en las manos del Salvador y Redentor.

Hace varios años estuve inmersa en un pecado que me resultaba inútil abandonarlo. Recuerdo que una de mis quejas al Señor era: “Si tanto quieres que sea viva en santidad ¿por qué no puedo dejar de hacer este pecado?, ¿por qué no me ayudas o simplemente ordenas que ya no peque?”.

Ya había intentado por todos los medios posibles, genuinamente luchaba con el pecado, me dolía el pecado, pero no me daba cuenta que mi corazón se había convertido en el de un fariseo, queriendo ser santa por mis propios medios, sin confiar en la obra de Cristo en la cruz.

Si, luchaba con el pecado y me dolía el pecado pero porque era un ataque a mi ego, no porque no estaba glorificando a Dios y porque lo estaba ofendiendo.

Entonces empecé a llenarme de libros, predicas y consejerías, pues quería aprender cómo debería de ser la nueva Michelle, como luce una mujer bíblica, como luce la santidad y como llegar hasta ahí, pero me parecía tan absurdo que después de entender como era una persona santa, básicamente no podía hacer nada para ser santa, claro, debía luchar con el pecado, pero más allá de eso, debía depositar mi esperanza, confianza y fe en la obra de Cristo y en los méritos de Él. Aunque no lo exteriorizaba, yo pensaba: “¿Queee?, ¿Cómo creen que no voy a aportar nada?

¡Efectivamente! Lo único que podemos aportar a nuestra salvación y los frutos de esta, son nuestros pecados. Por ello la salvación es del Señor.

Efesios 2:8-9

“Pues por la bondad de Dios han recibido ustedes la salvación por medio de la fe. No es esto algo que ustedes mismos hayan conseguido, sino que es un don de Dios. No es el resultado de las propias acciones, de modo que nadie puede gloriarse de nada”.

Así que como quería acelerar mi transformación y hacer crecer por mí misma los frutos que aún no había brotado del Espíritu, tome una “engrapadora” (mi orgullo y autosuficiencia) y comencé a engraparme frutos.

Aparentemente me santificado a mí misma, era una mujer nueva y espiritual, mas no sabía que me había convertido en un sepulcro blanqueado (Mt. 23:27) por fuera tenía frutos, o al menos eso creía, pero por dentro había inmundicia e hipocresía.

Mateo 23:27-28

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros, por fuera parecéis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad.”

¡Auch!…

El detalle es que no nos damos cuenta que tenemos frutos engrapados porque los disfrazamos muy bien que incluso ante nuestros ojos pasan desapercibidos, sin embargo Dios en su gracia, nos pondrá en diferentes situaciones dolorosas y con personas difíciles para que seamos probados, no sólo si somos auténticos cristianos, pues, si ya lo somos, veremos si son auténticos nuestros frutos.

¿Cómo saber si tengo frutos engrapados?

Los frutos engrapados provienen de nosotros mismos, son intermitentes o circunstanciales, y los frutos genuinos que nacen el Espíritu, son duraderos o permanentes y no circunstanciales.

Debemos entender que el problema no está fuera de nosotros.

Santiago 4:1

“¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre vosotros? ¿No vienen de vuestras pasiones que combaten en vuestros miembros?”.

 No culpemos a las personas, las palabras o las circunstancias que nos hirieron, nos hicieron enojarnos, entristecernos o responder mal, pues esto sólo ha sido el medio de gracia que Dios ha utilizado para revelarnos que hay en nuestro corazón, pues ni nosotros mismos sabemos que hay dentro de él. Disfrazamos nuestros pecados ocultos de espirituales. Mi anhelo ferviente y aparentemente noble y “espiritual” de dar frutos, en realidad era un disfraz de la vanagloria quería obtener.

Pero podemos confiar en Aquel que no deja nada oculto.

Hebreos 12:13

“Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.”

Las actitudes o comportamientos que creíamos tener, no son genuinas porque la raíz que ha sido distorsionada por el pecado sigue intacta… y debe ser removida.

La presión que me ponía a mí misma para dar frutos rápidamente, era mi corazón enorgullecido del “cambio cosmético” que había tenido, posicionándose en un lugar donde puede ser alabado por su apariencia exterior, y esto tristemente funciona como un estímulo para nosotros. Hacía un sinfín de cosas para mutar mi comportamiento y de esta manera poder tener “el valor moral” para acusar a otros por sus malos comportamientos, falta de frutos, lento crecimiento o poca madurez espiritual, cuando en realidad lo que no me daba cuenta es que mi corazón estaba lleno de frutos engrapados y que la santificación progresiva tanto en mí como en los demás, viene del Señor.

Nuestra aparente molestia, intolerancia e impaciencia ante la falta de cambios de mi prójimo, sólo revela que nos estamos sobrevalorando. ¿Y saben que es lo gracioso? Que el valor agregado que nos hemos puesto, es por frutos ¡QUE NO TENEMOS AÚN!

-Tim Keller dijo en su estudio “Dioses que fallan”:

“Cuando estés naufragando por un gran enojo, o por miedo por la causa que sea, o por cualquier clase de preocupación, cava profundamente en ti y descubre cual es el deseo que atenaza tu corazón, el ídolo. Y dile esto: Tú ni me has hacho ni me puedes destruir, ni tampoco me puedes librar porque no has muerto por mí. ¡Cristo si lo hizo, y quiere y puede librarme! Así que no necesito tenerte. ¡El Señor es quien me dará lo que verdaderamente necesito!”

Mientras cavaba dentro de mi corazón, me di cuenta de algo aún peor mientras estudiaba Ezequiel 14. Sí, algo peor…

“Estos hombres se han entregado por completo al culto de sus ídolos y han puesto sus ojos en lo que les hace pecar. ¿Y acaso voy a permitir que me consulten? Habla con ellos y diles: “Esto dice el Señor: Todo israelita que se entregue al culto de los ídolos y ponga sus ojos en lo que les hace pecar, y que venga luego a consultar al profeta, tendrá de mi parte la respuesta que se merece por tener tantos ídolos.”

Yo les tocaré el corazón a todos los israelitas que se apartaron de mí por causa de sus ídolos. Por eso, diles a los israelitas: “Esto dice el Señor: Vuélvanse a mí, apártense de sus ídolos y dejen todas esas cosas detestables.”  -Ezequiel 14:3-6

No sólo tenía frutos engrapados, sino que era una idólatra, constantemente estaba buscando adorar y ser controlada por algo que no fuera Dios. Y como todos queremos que los demás adoren lo que nosotros adoramos, en este caso…quería que me adoraran a mí misma. Sin darme cuenta, me había convertido a mí misma en un dios, complaciendo las cosas pecaminosas que mi corazón anhelaba disfrazándolas de espirituales.  ¿Ven como la idolatría está encubierta de una falsa o incorrecta adoración?

Nuestro corazón es una fábrica de ídolos, día a día estamos buscando algo o alguien para adorar, incluso sin darnos cuenta, y pronto esto ya nos dio identidad. En países menos alcanzados con el evangelio, incluso muchos donde se desconoce de Jesús, son lo que más dioses tienen, ¿por qué? Porque Dios nos ha creado con la necesidad de adorar a un Ser supremo, a Él, pero el pecado vino a distorsionar todo y al no encontrar al Dios correcto para adorar de la forma correcta, tratamos de suplir esa necesidad adorando algo externo a Él. Cuando este ídolo me falla, se destruye o se va, hay un sentimiento de pérdida de valor e identidad, porque nuestra mirada estaba en algo fuera de Cristo.

Charles Spurgeon dijo: “Mantener mis ojos en Jesús simplemente es quitarlos de mí mismo”.

La razón por la que la trasformación no había penetrado hasta mi corazón, es porque estaba confiando en mi misma y no en la obra de Dios. Mientras buscaba agentes externos a la Palabra para santificarme, mi orgullo sólo era abonado haciéndome creer espiritual y no era arrancado de raíz. Lo único que puede penetrar e incluso traspasar nuestro corazón y hacer florecer los frutos del Espíritu, es la Palabra de Dios.

Hebreos 4:12

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne LOS PENSAMIENTOS Y LAS INTENCIONES DEL CORAZÓN.”

Para que nazca un nuevo fruto en nosotros, algo debe morir.

El hecho que tengamos la teoría, que hayamos escuchado prédicas, leído libros, asistido a consejerías y que sepamos cómo debemos ser, no significa que estamos obligados a morir a nosotros mismos y a dar frutos rápidamente, por nuestros propios medios. Recuerda, la obra es del Señor, no tuya.

No te presiones para dar frutos, ni presiones a otros para que den frutos, porque entonces sólo verás frutos engrapados.

Ve a Cristo, y aún, si desconoces los pecados ocultos de tu corazón, no te preocupes, Él los expondrá.

Salmos 19:12-13

“¿Quién se da cuenta de sus propios errores? ¡Perdona, Señor, mis faltas ocultas! Quítale el orgullo a tu siervo; no permitas que el orgullo me domine. Así seré un hombre sin tacha; estaré libre de gran pecado.”

 Confiemos en “El que comenzó la buena obra la perfeccionará” no cuando queramos, sino hasta el día de Jesucristo. (Fil. 1:6) El pondrá el querer como el hacer (Fil. 2:13) por su buena voluntad, cuando la gloria completa vaya a ser de Él, y no intentar ser robada por nosotros.

La santidad no es una probabilidad, es una promesa para los hijos de Dios.

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